El fútbol; los medios, las letras y la noche, lloran la muerte de Hugo César Mosca

OSCAR BISSIO

El fallecimiento de Hugo César Mosca Giles (64) enluta a Bolívar por diversas razones. Fue un actor social de una comunidad a la que amaba y definía con intenso cariño.

Incursionó en el fútbol vernáculo como jugador, director técnico y dirigente. Fue todo eso, pero naturalmente y por sobre todo, un romántico.

Porque a cada cuestión le ponía la nostalgia y esencialmente la historia de la que empíricamente era un sabio a su manera.

Nacido en 1955 al influjo de la tradicional Librería Del Globo, su infancia se hizo de juegos y barrio, pero con la plusvalía de los libros que lo rodearon desde que tuvo uso de razón.

Fue su gran argumento y preparación para ir al debate cada noche, cigarrillo en mano, para oponerse a las teorías simples, que consideraba poco fundadas por algunos de los parroquianos de la madrugada.

Creció con el libro y la pelota y por designio de la vida misma y de amigos inconmensurables con una vocación castrense que exponía en cada charla.

Talleres; Alem; Independiente; una etapa en Argentino; y las selecciones juvenil y mayor lo tuvieron en el banco como entrenador y formador. Y La vieja Liga Deportiva, como presidente.

Y con ese bagaje se le animó a los medios de comunicación, Acaso su entrañable amistad con el icónico Enrique Sacco lo llevó a Radio Del Libertador, la segunda radio de frecuencia modulada de la historia local. Todo un emprendimiento que lo llenó de anécdotas y experiencias y que –sin duda- lo depositó más adelante en el periodismo gráfico.

Tanto que hasta pudo escribir un libro que con los años será indispensable para las nuevas generaciones: la historia de la Cooperativa Eléctrica de Bolívar.

Los últimos años hicieron eje en los replanteos que presenta la vida.

Ya maduro y golpeado por las circunstancias ineludibles de los años vividos, prefirió la tranquilidad de un amor que a la luz de los últimos hechos se convirtió en un ángel guardián llamado Gabriela.

Y la copa fraternal con su hermano del alma, Nano.

Vivió para contarla. Ver a Manuel –su primogénito- desarrollarse en la vida pública en niveles que no lo hubiese imaginado; a Matías, continuador de una raza comercial exitosa y a su nieto Manuelito y sus primeros pasos.

Su última batalla fue durísima. Consciente de su propia coyuntura uno imagina que eligió partir y mudarse a alguna estrella para estar en paz junto a Ema e Isaac, sus padres.

Fijate que triste está la noche que después de tantos días hasta el cielo se ha puesto a llorar.

La silla del bar quedó vacía, pero en el cielo hay un café que no se quiere enfriar. Un abrazo de oso como los que dabas en la tierra. Qué en paz descanses hermano y no te olvides nunca que La Madrid se escribe separado. 

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