Editorial de Oscar Bissio: destellos y nubes; a un año del histórico triunfo de Marcos Pisano

 OSCAR BISSIO

Marcos Pisano fue intendente interino hasta 2019 al completar el mandato de Bali Bucca, electo diputado nacional. Necesitaba, interiormente, ser avalado por los votos de su pueblo.

Y lo logró holgadamente hace exactamente un año cuando fue ungido como el sexto intendente de la presente era democrática.

Parece que hace un siglo, pero sólo ha transcurrido un año de aquel día con el que seguramente soñó durante mucho tiempo.

Una ilusión que nació en el instante en que el propio Bali lo sacralizó de facto como su alter ego para que lo escolte en lo que fuese.

Venía de ese interinato atado de pies y manos. Habían sido dos años de timonear en una borrascosa recesión económica, y ante mandatarios de otro color político en los niveles provincial y nacional.

Tiempos que coincidieron con el inicio de una devaluación nacional que llegaría al 550% en los cuatro años posteriores.

A la inversa de lo que había beneficiado a su antecesor y jefe político con presidenta y gobernador afines, y con una macroeconomía más laxa.

Hizo una elección histórica donde le sacó 20 puntos a su contrincante Juan Carlos Morán, y se dispuso al futuro inmediato de asumir y de gobernar de acuerdo a sus propias ideas y planes.

Empezó relajado desde lo político, y atento a la circunstancia.

Todo indicaba que por fin sobrellevaría mucho mejor la cuestión con Axel y Alberto que con Vidal y Macri.

Pero ante sí sobrevolaban la caída del consumo; el cierre de comercios e industrias, despidos, escalada impositiva y de los alquileres y los tarifazos escandalosos del neoliberalismo.

Y como si fuera poco –tal como les sucedió a los gobernantes del mundo- la pandemia por el coronavirus afectó el curso de una gestión que sin duda hubiese tenido otro rumbo.

Esta coyuntura lo probó de entrada y lo sigue haciendo con resultados buenos y regulares.

Entró a la cancha a jugar el torneo de su vida. Pero una impetuosa tormenta –el coronavirus- embarró la cancha. Y en el lodo es complejo demostrar las cualidades.

La mente está ocupada en protegerse de las centellas, no de elaborar la jugada maestra.

Dentro del cuadro de su gobierno conviven un presupuesto devaluado; la crisis alimentaria heredada del macrismo y la insoportable preocupación por el alcance que pueda tener la propagación del virus conforme la capacidad sanitaria local: un solo efector de salud con 7 camas de terapia intensiva y 9 respiradores para toda la ciudad.

Una aflicción que sería temerario plantear que es discutible, aunque sí analizable, pues en 2019 en Bolívar falleció el 0.14% de la población de enfermedades respiratorias. Uno puede imaginar que a marzo de 2021 ese será el porcentaje de bolivarenses fallecidos por coronavirus.

Ese nivel de estrés y concentración que exige la hora, automáticamente tira al fondo del cajón cualquier otro proyecto de gobierno que no tenga que ver con la salud. En su ronda de consultas, debería haber convocado a los hombres de la comunicación que significan mucho más que -por ejemplo- el presidente de la Cámara Comercial que básicamente es vendedor de yerba, arvejas y aceites en un supermercado.

Y en ese contexto que sólo es una parte, la gran obra de su administración es el LABBO, el laboratorio de Biología Molecular. Será sostenerlo y hacerlo crecer una política de Estado.

Y en ese sendero de logro y esperanza: por qué no pensar en el Bolívar del 2030 y empezar a bosquejar la idea de un segundo hospital?

Durante sus dos años como intendente suplente y ante un dólar que flirteaba con los 20 pesos se dedicó a lo más realista que se le presentaba: la obra pública local y a hacer presencia ante los vecinos y las instituciones.

Sumó sectores que hasta 2015 no eran tenidos en cuenta por Bali Bucca y hoy lo acompañan, opinión “gestión pandémica” mediante.

Pero en proporción, otros ya no se sienten parte. A la gestión le falta peronismo (y política) y parece imposible combinar una fórmula que los amalgame.

“Hay funcionarios y funcionarias que no funcionan”, aseveró Cristina sobre el gabinete de Alberto. Podría aplicarse al gobierno municipal.

Efectivamente, hay funcionarios que ya cumplieron un ciclo y sin que nadie se los pida deberían dar un paso al costado. Están aburguesados, apoltronados en un sillón a la espera de que se cumpla su horario reglamentario de trabajo. Así no le sirven ni al intendente ni a los vecinos.

Hay sobradas muestras acerca de los llenaplanillas estrictos -sin sensibilidad política- que fomentan el despreciable “Estado bobo”.

La secretaria de Salud, María Estela Jofré, es una de las que cumplió su parte. Es una excelente viróloga, pero eso no alcanza para que sea una buena secretaria de Salud.

Déjà vu: situación similar vivió Roque Bazán en un área que no era para él. Hoy, se desenvuelve como nadie podría hacerlo como responsable nada menos que del sistema municipal de Defensa Civil. 
 Jofré hizo lo que pudo con la pandemia, pero nunca le fue funcional a Pisano como fusible. Si la cuestión hubiese sido más grave, el intendente se hubiese comido todas las piñas.
La señora, basó su trabajo en la espantosa estrategia del miedo que dejó confundidos a los ciudadanos bolivarenses. Los hizo enfrentarse entre sí tal como si fueran policías y ladrones.

Asustó, retó y pidió a gritos responsabilidad. Transformó pacientes, víctimas del Covid-19, en culpables.

Cuando ella, finalmente incurrió en un error, desligó su responsabilidad de funcionaria. Intentó chicanear a los medios.

No goza del apoyo de sus pares, excepto de la corporación que los nuclea, y eso es grave.

Debería ser reubicada en el sector que le corresponde: un laboratorio que –claro- no es una secretaría.

Mariana Eldi, secretaria de Asuntos Legales, también camina sobre el sinuoso sendero del agotamiento progresivo.

Al ser otrora jefa de Recursos Humanos, se escondía de los empleados municipales.

Ahora, en el área legal, hace lo justo. Precisamente lo opuesto a la dinámica que exige la modernidad de la gestión. A la función pública hay que sentirla.

El otro punto del debe es el bloque de concejales de su partido: al unísono del estereotipo de mediocridad y comodidad del que se nutren los ediles (y es extensivo al cuerpo legislativo todo), no son de gran utilidad ni para la gestión ni para la comunidad.

En el Concejo Deliberante en su conjunto hay un director técnico brillante; muy buenos jugadores, pero no hay equipo.

La agenda legislativa se limita al ABL y está vacía de temas estratégicos que apunten a un proyecto de desarrollo.

Los tiempos no son los de antes cuando un intendente podía estar en el poder por más de 15 años. Además de haber un impedimento normativo para reelecciones indefinidas, la política así como la vida misma, hoy es tan dinámica que no permite descuidos.

Esos descuidos se transforman en vacíos que quienes acechan pueden venir a ocuparlos.

10 meses y medio de gestión no alcanzan para definir la gobernanza de la gestión municipal, pero sirven para conocer hacia donde vamos. En medio del pandemónium aún queda tiempo para redefinir la historia sobre los cimientos del gobierno establecidos en el gran tridente Romera-D’Aloia-Lazarte, en el mayor protagonismo que merece Lucas Ezcurra como uno de los funcionarios de mayor potencial; y una Secretaría de Gobierno que aún no encuentra su razón de ser pues es contradictoriamente apolítica.

Del otro lado de la balanza, gran expectativa para que Francisco de la Serna pueda concretar aquel proyecto del intendente anunciado hace dos años: el área clave que será el Instituto Municipal de Estadísticas. Saber donde estamos para diseñar políticas públicas.

Se espera -no sin fatiga- que amaine la tormenta para saber como juega su partido Marcos Pisano bajo un cielo diáfano y un sol que brille para todos los bolivarenses. 

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